jose maria

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domingo, 8 de enero de 2012

CARL WHITAKER-RESUMEN TERAPIA FAMILIAR



Había leído referencias, citas de Carl Whitaker. Algunos profesores han comentado su extraordinaria potencia en el escenario de la terapia familiar. Todo ello adornó de un halo de esoterismo, de misteriosa presencia, de  abstracción profesional  la personalidad del autor en mi idea de Carl Whitaker.
Mis ideas sobre la Terapia Familiar han ido tomando forma a través de estos años de formación. Una formación que me ha permitido ordenar pensamientos, corregir, aceptar limitaciones, obligando a
 retroceder a mi propia vanidad, tomando conciencia de la realidad de un mundo complejo, infinito, porque infinitas son las formas en las que podemos encontrarnos el sufrimiento, la comunicación, las soluciones…Y los cambios.
He procurado leer en estos años diferentes tendencias, escuelas en el firmamento del Modelo Sistémico- Relacional.  Minuchin, Cancrini, Sluski, Fredman ,White,  Stierlin,  Epston,  De Shazer, Linares, Selvini, Cirillo, Coletti, Caillé, Haley… Pero el encuentro con Whitaker ha sido un desafío a la realidad operativa de la terapia, a la percepción, incluso circular de las interacciones personales.
Al leer el Crisol de la Familia, me vi obligado a leer otros dos libros del autor. “Meditaciones Nocturnas de un Terapeuta de Familia”, y “Danzando con la Familia”.
La riqueza de pensamiento de Whitaker, solo es comparable con su plena convicción de que lo que hace tiene un sentido más allá de lo experimentado por el observador.
El Crisol de la Familia es un libro sencillamente delicioso. Mi reconocimiento a su colega, en principio discípulo, A. Napier, quien en su afán literario, escribe una obra literaria con un trasfondo académico de una gran belleza.  Una familia, una historia terapéutica, un “matrimonio terapéutico”, una puerta abierta a la imaginación, al compromiso, a la exploración de uno mismo  a través de la experiencia terapéutica.
El primer hecho que me llama poderosamente la atención es el estilo literario. El más joven, con inquietudes literarias  narra la experiencia terapéutica, así como la percepción emocional de él y de su maestro. Las descripciones tienen un poder evocador de la realidad del contexto, de las emociones de los personajes, de sus interacciones silenciosas, de sus pensamientos, que no consiguen escritores de renombre internacional con tiradas millonarias (Me estoy acordando del bueno de Dan Brow con su “Código Da Vinci”).Su estilo, su cercanía, su calidez expresiva, presenta al otro, al maestro, como un miembro del equipo de terapia, como una persona con identidad, con sus defectos, con sus miedos, capacidades y limitaciones. Todo lo cual, es también expresado en primera persona por Napier, configurando a través de la trama una de las más poderosas aportaciones de Whitaker, como lo ha sido la necesidad de la coterapia.
Frente a otras opiniones (como la de Framo, por recordar el último libro leído) que consideran la necesidad de que los terapeutas sean siempre de distinto sexo, e incluso mejor aún si son matrimonio, Naiper habla de un maridaje entre personas, sobre un profundo conocimiento entre las personas que constituyen el matrimonio terapéutico. “ Lo importante es “ que se sientan libres de tocar en todos los tonos”. Transportan desde su imaginación los roles que se van adecuando a las necesidades, a las exigencias de la terapia.
La honestidad del terapeuta aparece constantemente en la obra. La necesaria honestidad. Presentarse ante las familias como personas con sus historias, con sus narrativas e inquietudes. La familia debe saber que ante ellos se encuentra una persona con su mundo transferencial, con sus preocupaciones, su tiempo, su espacio, su dolor y su riqueza. Hacer partícipe a la familia de la propia existencia más allá de los límites del escenario de terapia. En eso consiste librar la batalla por la estructura. El terapeuta se convierte en un activador de la búsqueda de los caminos alternativos a la locura.  La honestidad se funde en ese momento con un intenso compromiso. Ser terapeuta trasciende a  ser persona. Ser persona supone aceptar la danza de la familia, involucrarse intensamente en la misma, desde un universo que debe quedar definido, claramente delimitado, para evitar ser engullido por la familia, pero aceptando la intensidad del torbellino que se produce en la situación de homeostasis. Quietud y agitación, convulsión interna, expresión de sufrimiento. Actuar como terapeuta supone aceptar la necesidad de crecer en el seno de la terapia. Sentir los deseos de avanzar, de co construir  junto a la familia, percibiendo las tensiones propias, el dolor, el alivio, el bienestar. Entrar y salir en el mundo  de la familia. No tener miedo a que la familila sienta que el terapeuta entra…Y se aleja.
Whitaker desarrolla lo que se ha dado en llamar un modelo simbólico- experiencial. Y en su precioso y sereno libro testimonial de toda una experiencia de vida (“Meditaciones Nocturnas…”), habla la voz del tiempo, de los recuerdos, de la nostalgia, de la creatividad entendida como un acto libre, sincero, abierto a la expresión de los otros.
Siempre me ha interesado el proceso. Los procesos de cambio. Así venía definiendo las terapias relacionadas con las drogas. Como un viaje exploratorio desde la abstinencia. Un viaje que viene a definirse como un proceso, en el que no tiene tanto interés para mí el progreso, sino la continuidad del propio proceso. Activar el viaje de la familia supone el descubrimiento de nuevos senderos, de nuevas estaciones, ciudades, vivencias personales que engranan al paciente con su pasado y su futuro.
El discípulo de Whitaker se muestra en “El crisol de la Familia” como un miembro vital del equipo de terapia con la familia Brice.  En algunas ocasiones resulta tan emocionante como preocupante sentir la intensidad de la implicación, así como la necesidad de distancia, una distancia que se ve fracturada en algunos pasajes. Uno de ellos, extraordinario, es la lucha física que se produce entre Carl y Don, el hijo del matrimonio Brice. Una lucha física, real, intensa, denodada, en la que saltan las alertas del sistema terapeuta, a la vez que se produce toda una activación emocional y vivencial a los ojos de todos los presentes. Aceptar esa realidad, dar coherencia a los impulsos de la interacción, supone también comprometerse en las situaciones realmente límites, en las que la locura y la cordura caminan de la mano. Napier habla por teléfono con la Sra. Brice, pero mantiene una distancia suficiente como para no quedar involucrado, atrapado en su dolor, dando la serenidad suficiente a su interlocutora para hacerla competente en su malestar. La familia reclama la atención de los terapeutas un domingo…Y después de un breve análisis, un domingo quedan a trabajar sobre aspectos sombríos de la familia, de su experiencia evolutiva. Las sesiones se producen semanalmente, lo cual hace pensar en una enorme intensidad terapéutica.

Carl Whitaker no desarrolla “terapia libre”, como podríamos denominar a un ejercicio de interacción con el sufrimiento ajeno. Desarrolla un profundo modelo de intervención que resume al final de sus días como terapeuta.  Su dialéctica sobre la cordura y la locura, como posibilidad para sentirse libre de internarse en la locura permitiendo al paciente salir de ella, es comparable, según sus propias palabras a la dialéctica entre pertenencia e individuación, factor crítico que aparece en sus libros, en su modelo, al recibir el impacto de la familia con su chivo expiatorio. Acepta el constructo del propio terapeuta como el “modelo” que se ofrece  y se presenta en la terapia.  Brilla en su modelo la sincera necesidad de definir, de empalizar, de expresar hipótesis, incluso a riesgo de equivocarse, o de no ser la línea de pensamiento de la familia o de alguno de sus miembros. Buscar el equilibrio es aprender a bailar con los distintos miembros del grupo, pasando de un baile a otro, de un tipo de música a otro. La definición de límites, algo desarrollado estructuralmente por salvador Minuchin, tiene un sentido profundo en Whitaker. Es la autoridad transgeneracional la que hace que se produzcan situaciones nuevas, tranquilizadoras, que sacan a las personas de las crueles batallas por el poder que nunca han pedido pero que sienten que ostentan.
Creo que Whitaker tiene una profunda obsesión por la búsqueda del crecimiento a través de la creatividad. Nada es casual, pues la interacción se produce, y desde ese momento, el sistema familia- terapeutas, establece una compleja sinfonía, en la que los acontecimientos tienen poderosos significados. Este hecho conecta con su acercamiento a la confusión. La confusión es un elemento que, en general, produce pánico a los terapeutas. Sentir la pérdida del control de los objetivos internos del terapeuta. Si bailamos en la linealidad nos encontramos seguros. De esa forma, la conectividad psicológica, la comunicación, no se establece en términos de metacomunicación, sino en  términos de acrecentamiento de la información en la experiencia del paciente, lo cual  asentará las bases de un cambio de primer grado, carente de interés para Whitaker y, me imagino, para cualquier terapeuta de familia.

Me he sentido “comprendido” en mi forma de entender algunos de los aspectos de mi forma de trabajar, cuando el autor dice que “ uno de los recursos adicionales promotores de la disciplina del profesional es la decisión y la experiencia de escribir”. Escribir para uno mismo, desde la experiencia intrapsíquica que ha generado la experiencia terapéutica.
Hay términos en la obra de Whitaker que cobran una gran importancia creativa. Un paso de inestimable valentía desde el convencimiento de la complejidad de las personas, de las familias, de los seres humanos como elementos de una danza afectiva procesual. La deconstrucción del diagnóstico, siendo éste un armazón  autolimitante de la evolución del proceso de cambio. La impotencia como un metaacontecimiento en la interacción paciente terapeuta, o el silencio como comunicación en sí misma.

La terapia de familia es identificada como una realidad conceptual frente al sufrimiento. Las familias se constituyen como gigantes petrificados, como estructuras  que “nunca fallan”. Creo que en este punto existe otra de las claves del cambio en la teorización progresiva del autor.  La horizontalización comunicativa no quiere decir absoluta paridad. El terapeuta no es igual al paciente, a la familia. No es la familia. Sin embargo, la forma de acercarse a la familia requiere un juego creativo, una exigencia de esfuerzo a la familia para que salga de su propio inmovilismo, o bien de sus movimientos en espiral. El cambio debe generarse como consecuencia de una “necesidad vital”, aceptando el enfrentamiento de cada miembro de la familia con su propia historia de vida.
Todo es interaccional en Whitaker. El mismo es una razón interaccional. Así, define los movimientos más dramáticos como bipersonales (el suicido, el asesinato). Pero también  profundiza en la pareja como el bastión de una buena parte de los efectos perversos sobre otros miembros de la familia. La danza de la familia tiene una base de danza invisible propiciada por las familias de origen. Dos miembros de diferentes familias, lanzados a  la vida para librar una batalla. Aquella que se desarrolla en la sombra y que activa la consecución transgeneracional de las familias de origen. Conectar con las vivencias de la familia de origen supone encontrar en el otro la posibilidad de amar, limitando la necesidad de cubrir los vacíos de la experiencia vital respecto a los progenitores.
Aunque Whitaker parece decirnos que no cree en la gente, que solo cree en las familias, su trabajo se orienta, al menos en el “Crisol de la Familia”, hacia un proceso de autonomía, de diferenciación, de liberación, de distancia. Un proceso de crecimiento, de atrevimiento personal que permita a cada uno mirar su propia imagen interna. Para ello no duda en mirar más allá de las redes más potentes, las que se hacen presentes en la terapia.  Busca a través del hilo conductos de las emociones, otras redes significativas. Aquellas que producen sombras chinescas, que cobran vida en las paredes de los laberintos personales. Amigos, amantes, jefes…Una red experiencial, que puede ser el sostén de los movimientos de las parejas, a la búsqueda de cambios bruscos que liberen de la sordidez a las personas.

Por último, Naiper y Whitaker parecen coincidir en la idea de que el terapeuta familiar no tiene por qué estar bautizado por las aguas sagradas de la psiquiatría o la psicología. Se trata pues, de una apuesta hacia un nuevo modelo de interacción, de escucha, de análisis del sufrimiento de las personas. Un modelo que requiere de formación, coraje, disciplina, creatividad, compromiso y entusiasmo ante la vida propia y ajena. No se trata de hacer magia, sino de ser y estar en el encuentre terapéutico, exigiendo y exigiéndose, compartiendo el crecer, para dar aire fresco a la habitación que, temporalmente en la penumbra, comparten terapeutas y familia.

1 comentario:

Rubén Garrido Ruisanchez dijo...

Gracias por tu reflexión, me acerca a lo que voy buscando.