jose maria

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lunes, 11 de mayo de 2015

FUENTE



El alma no sabe de realidades impuestas.  La casa siempre fue el territorio de seguridad, el lugar donde aprender a sentir bajo la protección de un techo de amor. El olor a limpio, las caricias de la infancia, las sonrisas con la que abrir las alas de la adolescencia.  Nubes que dibujan a Dios, que acaricia sus sueños pacificando el desasosiego.
El amor redefinido en la mirada de los niños, inspiración para mirarse en sus propias capacidades y desplegarlas como alas sobre su mapa vital.  La vida transcurre construyéndola con experiencias que salen de la fuente de su corazón. Fuente de deseos, de sueños, de esperanzas. Gotas de ella misma que se funden con las nieves de invierno para dejarse seducir por el sol temprano de Marzo. Fuente de la que bebieron quienes conocieron la frescura de su vivir, fuente que vuelca un chorro de vida en las desiertas arenas del sufrimiento. 
El agua que fluye porque el amor fluye. El agua que alivia, que libera, que transforma y que transporta. Palabras convertidas en actos, coherencia que marca caminos de paz. Paz como territorio anhelado donde construir un universo de emociones por expresar.
Así reconoció el amor, como parte de ese manantial de vida que explora, que busca el lugar donde sentir que el cielo está en la inocencia de quienes expresan sin ser iguales, que modifican la belleza llevándola a valles inaccesibles para la mirada ciega de quienes solo ven cargas en esas vidas que crecen torciéndose de la normalidad nacida de los cánones establecidos. Capacidades que descubren otras capacidades. Laberintos de amor que con su sensibilidad encuentran caminos para llegar al candil del alma que ilumina otras realidades, otras verdades.  Y en ese buscar se encontró con unos ojos tristes que en los suyos anidaron el deseo de abrazar.
Y la fuente siguió alimentando el jardín de sus sueños,  jardinera de esperanzas que cada mañana revisa, escuchando el lenguaje de flores que nadie entiende.  En ese jardín quiso quedarse, en él quiso que los dos sintieran la música de los atardeceres entre silencios.  En ese jardín brotó la flor más bella de todas, aquella que sembraron entre enredo de abrazos.
Pero una mañana, ella sintió que algo ocurría. Las rosas, las buganvillas, los jazmines y las violetas parecían mustias. Los setos amarilleaban y la tierra parecía secarse rápidamente. El grifo de la fuente se había roto. Y el agua se desbordaba por su trasera llevándose parte de la vida que contenía el manantial de su ser.  Su amado de ojos tristes miraba atónito la avería sin saber qué hacer, poniendo sus manos sobre la brecha, mientras el agua corría entre sus dedos.  Y el agua se salinizó, en forma de lágrimas. Lágrimas que esculpían breves flores de sal  a lo largo del paseo que daba a la rotonda arbórea de su hogar.
No encontraban la forma de parar el derrame de vida como hemorragia del alma que sufre por dos. Solo podían correr con un poco de agua entre sus manos para que la base de su flor más preciosa no sufriera el efecto de las lágrimas.
Cuentan los que dicen haberlo visto, que él, sacudiéndose de su pesada carga, agarró con fuerza el grifo partido y lacerante. Sus manos sangraron, un grito de liberación y rabia surcó el cielo mientras tiraba con una fuerza salida de algún rincón del cielo. Y el grifo partido salió de las entrañas de la roca con un ruido estrepitoso. La brecha abierta dejó que nuevamente un chorro de agua cristalina salpicara sus almas, su tierra, regando su bello jardín. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, lágrimas dulces como el agua de su fuente que él, bebió feliz.  Pero esto último es algo que contaron quienes dijeron haberlo visto… A saber.
José Mª

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