jose maria

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viernes, 13 de junio de 2014

ALCOHOLISMO. DELIRIO Y ESPERANZA




… Nadie recuerda cuando se instaló en aquel viejo torreón. La oscuridad  empapaba las paredes de piedra caliza, tiñendo de sombras los rincones por los que se deslizaba la silueta de un hombre aparentemente marcado por la angustia.
El ventanal de madera y cristal lo miraba suplicante cada atardecer, como queriendo animarle a que abriera las puertas para regalarle un suspiro de paz. Pero el silencio, cuando no el llanto, ocupaban el anfiteatro de su existencia en aquel espacio por nadie compartido.
Recuerdos de heridas del alma, olor a enquina, a reproches que en forma de cuentas de un rosario entrelazado en las nudosas manos del mito familiar, susurraban la oración narcotizante de un espíritu quebrado. El calvario de una mente que deliraba entre sueños, en sus prolongados duerme vela, escuchando la sonata que los golpes de mar componían, sin saber que el escritor se ataba al mástil de su Argos, para no caer en las manos de sirenas anhelantes de libertad.
Una botella, salvadora de su naufragio imaginario. Una botella, catalejo con el que divisar la desdicha. Realidades fantasmales que descomponían en pedacitos de dolor y pesadumbre la risa de los niños, las conversaciones familiares… Botella que disfrazó al artista en clon de su propia pista de circo. Botella con la que sintió el poder de dirigir la sinfonía del amor al servicio de los cuidados. Tropiezos, quejas, folios que se apergaminaban en los mil rincones de esa estructura de piedra situada en ninguna parte.
Paco, el tabernero al que solo veía por las noches, cuando estaba ya el viejo desdentado recogiendo las mesas y fregando el suelo de baldosas desgastadas más por el paso de los años que por los de los visitantes, le servía de la frasca dorada el elixir curativo. Sus ojos llorosos, grandes y expresivos, siempre fieles a las emociones del escritor, se clavaban en él con serena paciencia. Una paciencia que fue posando en las espaldas de aquel joven de apariencia vieja, de mirada adolescente y de andar de vaquero.
 Una mañana, muy de mañana, con el alba, el despertar tuvo una presencia inesperada. La resaca del mar que nunca había visto, que siempre oía como martillo pilón en sus sienes embalsamadas por el alcohol, dejó sitio a sus ojos vidriosos, de azul desteñido por el paso de los tragos…
-Buenos días...
 Dos mujeres de edad indeterminada, de belleza indeterminada, estaban enredando en aquel salón circular. Al abrirse el balcón por primera vez en muchos años, la luz obligó a cerrar los ojos pitañosos al escritor.
Creyó estar en un delirio alcohólico, pero tampoco se asustó. Había escrito en ese submundo dantesco más de una vez y en él reconocía realidades forjadas desde sus íntimas heridas vitales.
Alegría y Creatividad sonrieron.
Alegría parecía más mayor… Bastante más.
-Buenos días… Perdona este brusco despertar. Disculpa a Creatividad. Es mi hija adoptiva. Es autista, así que no habla. Pero te entiende.
Limpiaron con parsimonia aquel habitáculo circular. El blanco encalado de las paredes interiores se empachaba de sol que se colaba a raudales por las ventanas superiores y el balcón al sur. Rosas de pitiminí, jazmines y geranios remataban la barandilla de roble de aquel amplio y bello mirador. Un sillón de mimbre de amplia culera, custodiaba una mesa de mármol.

Se sentaron los tres en la terraza. Y el escritor, aturdido pero expectante, pudo mirar al horizonte. No vivía en un torreón. Al mirar hacia el exterior pudo ver la belleza del entorno, la rueda del molino de agua, las enredaderas acariciando las paredes. El jardín de suave pendiente hasta la cancela que abría el paso al camino de la playa.
El cantarín chillido de los sobrinos dejándose caer con sus bicicletas por el empedrado, como trampolín a las olas cercanas.
Creatividad y Alegría cogieron la última botella que guardaba en la alacena. Y lentamente bebieron hasta que la última gota se evaporó del fondo del calidoscopio cristalino.
Nuestra embriaguez es tu serenidad. No somos necesarias en tu vida, porque siempre hemos existido en ti. Amamos tu talento, tu silencio, tu paciencia. Te amamos. Siempre te hemos amado. No te pedimos que nos ames. Pero ahora sabes que existimos. Siempre hemos existido en tu alma. Y al irnos, nos quedamos. Nos emborracharemos sin ti, porque en ti vivimos desde tu niñez. 
  
 … Cuentan los paisanos del lugar que el molino es un lugar extravagante. Pero todos están encantados de sentir que es parte de la vida del pueblo. Cenas en el jardín, tertulias en la tasca donde el tabernero abraza al escritor cada tarde sirviéndole su mejor queso de cabra… Exposiciones de jóvenes que acuden al olor del dinero de los turistas y bohemios… Y libros. Libros que se venden, que se leen, libros que se reescriben, como él. Reescribió su vida en un acto de amor que transmite serenidad, alegría y una creatividad sorprendente, algunas veces sorprendida mientras quiere ponerse guapa.
Un acto de amor… Propio… Que los demás disfrutamos.

Gracias por haberme mostrado tu talento, tu amor a la vida y tu caballo invisible… Motivo por el cual caminas como caminas

1 comentario:

Patricia dijo...

Es bueno saber que hay muchos delirantes en el mundo, que a traves del arte de las palabras pueden traspasar las fronteras de la realidad para ir mas alla. Poner la mirada donde el mundo a olvidado. Realmente un gusto leer tu alma. Muchas gracias